Gracias

Hace mucho tiempo, leí la siguiente historia en cierto foro.

En Nepal, o la India, no se bien, los santones viven de lo que les da la gente. Van llamando a las puertas de las casas con un cuenco colgando del cuello, para que la gente si lo desea se lo llene con comida.

Pues bien, la gente, al llenárselo, les dan las gracias a estos mendicantes, y no al revés. ¿Por qué? Por haberles dado la oportunidad de ayudarles.

Esto lo leí, en clave de rutina inventada para proyectar que eres la pera limonera y demás. Pero me quedé con la historia, me marcó.

Después, en un viaje, aprendí la fuerza, del agradecimiento.

Y este es el motivo del post.

Me han educado en que dar las gracias es lo que se debe hacer, lo establecido. Pero dar las gracias es mucho más poderoso que eso.

Dar las gracias es reconocer los méritos de una persona, es reconocer a esa persona. Y por tanto, hacerla más feliz.

Ya sea porque te ha dejado pasar, porque te ha hecho un favor, por ser como es, o porque simplemente está ahí.

No es cuestión de decir “gracias gracias gracias” a cada momento como un papagayo. Sino de sentir de verdad lo que te ha aportado esa persona (aunque sea simplemente haberte dado una dirección, o sea el músico del metro, por haberte alegrado la travesía con esa canción que ha tocado). Y es que hay muchas formas de dar las gracias.

Por ejemplo, si alguien te ha invitado a su casa, pues le das las gracias fregándole los platos. Si has pasado una noche genial con una chica, le llevas el desayuno a la cama. Si tienes un gran amigo, hazle ver lo importante que el es para ti. Con gestos.

Os sorprenderá la fuerza, lo que le podéis alegrar a esa persona, por el simple hecho de hacerla ver que reconoces lo que te ha aportado, por poco que sea. Así como la gratificación que eso mismo os aporta.

PD: En la misma línea, gracias a que he realizado muchos y variados trabajos, todos de cara al público, me di cuenta de lo que llena un “buenos días” a, por ejemplo, el conductor del autobús.

Los que trabajan de cara al público están acostumbrados a que les traten como floreros: no se les saluda ni nada. Dándole los buenos días, rompes su rutina a base de reconocerle como persona y como trabajador. Sí, sólo con esas dos palabras mágicas. “Buenos” y “días/tardes/noches”.

Es tan sencillo hacer felices a los demás…

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